Qué hacer para ir al cielo

La religión nos dice que el cielo es el premio a la vida en la tierra.

¿Qué nos darán de premio? ¿Qué obtendremos en el cielo?

Si el cielo es el premio de la vida en la tierra, es lógico pensar que el premio será el logro de por lo que vivimos en la tierra (alto, no saque conclusiones antes de acabar de leer este escrito. Relea y acepte la frase anterior como cierta y luego siga hasta el final del escrito).

Es decir, al corredor de 100 metros lisos que gana la carrera le dan la medalla de oro de 100 metros lisos, no le dan la medalla de oro de natación mariposa.

Es evidente que esto es así.

Obtenemos por lo que hemos luchado, trabajado, toda la vida en la tierra.

Hay gente que trabaja, que vive para:

¿Qué hay allí entonces, que nos pueda satisfacer?

Es que allí, principalmente lo que hay es Dios. La esencia de la felicidad en el cielo es ver a Dios, es estar con él, es participar de su naturaleza.

En la tierra hemos podido ser meros relojes o "hijos del relojero". En el segundo caso, en el cielo compartiremos la profesión con nuestro padre. Si en la tierra no hemos querido saber nada de Dios, no somos "hijos del relojero" y después de la muerte no tenemos nada que hacer en el cielo, es más, sería un suplicio para nosotros estar con quien nunca quisimos en la tierra.

("Hijos del relojero" es "Hijos de Dios", los que estamos en gracia de Dios, cumplimos sus mandamientos y no hemos cometido pecado mortal).

En el cielo también está la Virgen, los santos, ángeles, etc., y tendremos un cuerpo resucitado, pero las satisfacciones de todo ello es algo muy secundario ("accidental" lo llaman los filósofos).

Ejemplo para que entendamos mejor la diferencia entre esencial y accidental: tener un bello auto es lo esencial, que nos limpien una de las ruedas, que se ha manchado con una mota de polvo, eso es accidental.

Es decir, iremos al cielo si en la tierra Dios es el centro de nuestra vida. Cuanto más queramos parecernos a Él en la tierra, más compartiremos de Él en el cielo. Y esto sí que es posible, porque allí esencialmente lo que hay es Él (ni dinero, ni premios, ni hijos que hacer, ni ballenas que salvar).

Que sea el centro de nuestra vida no quiere decir que debamos ser curas, frailes o monjas, sino que en todo lo que hagamos le tengamos en cuenta a Él. Que Él no sea para nosotros una muñeca que tenemos en un cajón, que sacamos para rezarla cuando nos conviene, y que la cambiemos a nuestro gusto.

Que sea el centro de nuestra vida es que lo amemos como aman los enamorados, que quieren saber todo de la otra persona y complacerla en todo.

En el cielo reina la verdad más absoluta y todos tenemos nuestra voluntad unida a la de Dios, y eso nos llena de gozo. Si en la tierra buscamos y aceptamos la verdad e intentamos hacer lo que entendemos como la voluntad de Dios, pues más preparados estaremos para estar en el cielo, menos tendremos que permanecer en el purgatorio eliminando lo que no sea eso.

¿Tanto nos satisfará en el cielo el solo hecho de ver a Dios?

Lo mismo que en la tierra el sólo ver a nuestros padres/novia/esposo/hijos después de un largo viaje, o ver en nuestras manos que tenemos un billete de lotería premiado con el premio gordo, o ver la mayor obra de arte que queramos (o un palacio) y saber que es nuestra, que podemos vivir allí.

Estos ejemplos anteriores son ridículos, comparados con estar en compañía de Dios y participar de su reino, como hijos suyos, como príncipes de un reino.

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A los que no creen en Dios, y por tanto, que el cielo sea el premio de esta vida, al menos se les puede hacer ver que:

Igual que en esta vida todo influye en todo: que cada vez que damos al interruptor de la luz hay una central eléctrica a cien kilómetros de distancia que quiene que fabricar esa electricidad para mí, que cada vez que conduzco el auto (por una carretera con otros coches), hago que todo el resto de autos tengan que tenerme en cuenta,

es razonable pensar que, de alguna manera, esta vida influye en la otra, que es irrazonable decir que "todos seremos igual de felices". Y si aceptan que "no todos seremos igual de felices", ¿en qué se basará la diferencia?, porque ¡hasta el mayor traidor confeso a su patria se cree santo!

También es razonable pensar que, al morirnos, no cambiamos nuestro comportamiento, nuestra manera de ser, por el hecho de morirnos, porque morirse es un acto bastante pasivo. No hay que hacer nada para morirse. Cambiar, aprender, siempre nos requiere un trabajo, un esfuerzo.

Es decir, que cuando nos muramos nos llevaremos nuestros recuerdos y deseos de aquí.

Pero allí no hay nada de lo que tenemos aquí, como decíamos antes. ¿Qué esperan encontrar más allá (los que no creen en Dios), que les haga felices?

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