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Extractos de “El combate espiritual”

de Lorenzo Scupoli (s.XVI)

(Hay varias versiones en internet)

No podemos

porque sucede desafortunadamente que aunque en verdad no somos sino nada y miseria, sin embargo tenemos una falsa estimación de nosotros mismos, creyendo sin ningún fundamento, que somos algo, que podemos algo, que vamos a ser capaces de vencer por nuestra cuenta y con las propias fuerzas. (...)

Pues Dios es el que obra en nosotros el querer y el obrar" (Flp 2, 13). Por nuestras solas fuerzas lo que somos capaces de producir es: maldad, imperfección y pecado. (Cap. 2)

"Dios perdona pero no deja sin sanción ninguna falta" (Ex 34, 7) y que por tanto las consecuencias de cada pecado son dolorosas y dañinas. Y comprendía también que sin la ayuda del poder divino somos totalmente incapaces de convertirnos y de mantenernos en la amistad con Dios. (Cap. 48)

Pedir

el Señor le dijo a una gran santa: "No olvides que Yo tengo poder y bondad para darte mucho más de lo que tú puedes atreverte a pedir o a desear". Es lo que san Pablo había enseñado ya hace tantos siglos ( Ef 3, 20).

Lo nuestro es la lucha, el resultado de Dios

Dios combate con nosotros, y cuando le parezca oportuno nos concederá victorias si son para nuestro bien y para su mayor gloria, aunque muchas veces resultemos con heridas. (Cap. 15)

El Libro de los Proverbios afirma: "Lo que nos produce éxitos es la bendición de Dios; nuestro afán no añade nada". (Cap. 59)

Cómo nos habla el Espíritu Santo

De la intervención del Espíritu Santo depende en mucho el que se aleje nuestra ignorancia. Es necesario que nos dejemos programar por el Espíritu Santo. Hay que investigar qué será lo que el Divino Espíritu quiere de nosotros. No se puede hablar bien o pensar debidamente u obrar como en verdad lo desea Dios, sin la iluminación del Espíritu Santo. Por eso es necesario decirle muchas veces y todos los días "Ven Espíritu Santo". Él es la fuente inagotable de imaginación y de buenas ideas. Él nos da un modo nuevo de mirar y apreciar a las personas, al mundo, a la historia y a nosotros mismos. Él es el gran pedagogo o maestro que nos enseña cómo amar, cómo emplear bien nuestra libertad, el tiempo, los dones y cualidades que Dios nos dio y cómo conocer en cada caso qué será lo que más le agrada a Dios y qué es lo que a Nuestro Señor le desagrada. (Cap. 7)

Juzgar

¿Y si nos prodigan honores? Puede suceder a veces que la gente nos felicite y diga alabanzas en nuestro favor. En esos casos debemos repetir la frase del salmista: "No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre, sea la gloria" (Sal 115, 1). O lo que repetía el profeta Daniel: "El Señor Dios se merece todo el honor, y nosotros la confusión y humillación". Y volviendo nuestro pensamiento hacia la persona que nos alaba y felicita repitamos interiormente lo que decía Jesús: "Sólo Dios es bueno" (Lc 18, 19) y pensemos: "Esta gente me alaba porque sólo conoce externamente mis apariencias de bondad, pero si me conocieran como soy en verdad, seguramente no hablarían así en mi favor. Puedo repetir con san Bernardo: "Estoy especializado en disfrazarme de persona buena, y por eso me alaban. Las alabanzas que me prodigan se deben a que no me conocen tal cual como en realidad soy". (Cap. 30)

Aceptación con alegría de las penas de la vida sirve como pago (satisfacción) por nuestros pecados

qué debemos hacer por el que tanto sufrió por salvarnos. Amor con amor se paga. ¿Qué será lo que Jesucristo quiere que ofrezcamos en respuesta a todo lo que sufrió por redimirnos? ¿Será que aceptamos con alegría y con paciencia la cruz de sufrimientos que Dios permite que nos llegue cada día y así le ayude a salvar pecadores, y disminuyamos las penas que nos esperan para el purgatorio? (Cap. 48)

Una intención conveniente. Recordemos de vez en cuando las ofensas que en la vida pasada le hemos hecho a Nuestro Señor y ofrezcamos en pago de ellas lo bueno que hacemos y decimos, y los sufrimientos que nos van llegando, y todo esto unido a las buenas obras de Jesucristo y a los terribles padecimientos de su Vida, Pasión y Muerte. (Más me merezco por mis pecados, decía san Ignacio). Así cuando nos llegue el momento del Juicio habremos cancelado ya una buena parte de las cuentas que teníamos para pagar en el Purgatorio. Y no olvidemos que todo esto hay que ofrecerlo no sólo por nosotros mismos sino por la conversión de los pecadores, la santificación a los sacerdotes, las labores de los misioneros, la salvación de los moribundos y el descanso de las benditas almas. Pero el principal fin será siempre el desagraviar a Dios por nuestros propios pecados. (Cap. 53)

Sufrimiento

Si el mal no nos llegó por culpa nuestra, considerar que nos sirve para pagar pecados de la vida pasada, los que todavía no nos ha castigado la Justicia Divina y de los cuales no hemos hecho la debida penitencia. Mucho mejor pagar aquí donde ganamos méritos y gloria sufriendo, que tener que irlos a pagar en el purgatorio donde quizás las penas sean más rigurosas y con menos merecimientos. Al pensar en esto debemos recibir los sufrimientos y contrariedades no solamente con paciencia, sino con alegría y dándole gracias a Dios por ellos.

3º Recordemos cuando tenemos algo que nos hace sufrir y que nos invita a la impaciencia, que si aceptamos las penas y contrariedades de cada día estamos cumpliendo la condición que Jesús exige para poder entrar en el Reino de los cielos, que es entrar por la puerta estrecha del sufrimiento y de la mortificación, y aquello que tanto recomendaba san Pablo: "Es necesario pasar por muchas tribulaciones para poder entrar al Reino de Dios" (Hch 14, 21).

4º No olvidemos que cuanto más padecemos y más somos humillados en esta tierra tanto más nos asemejamos a Jesús cuya vida estuvo llena de padecimientos y de humillaciones. Y cuanto más seamos semejantes acá en este mundo a Jesucristo, más alto será nuestro puesto en el cielo.

5º Pero en lo que más se debe pensar en toda ocasión en que tengamos que sufrir, es en que recibiendo con paciencia nuestros sufrimientos estamos cumpliendo la voluntad de Dios, pues Él que habría podido muy bien hacer que tales padecimientos no nos llegaran, los ha permitido, y si los permite es seguramente para nuestro bien, pues lo único que desea para nosotros es nuestro mayor bien. Aquí no lo entendemos por qué permite semejantes contrariedades, pues en esta vida vemos lo que Dios permite como quien mira una alfombra por el revés y sólo observa un grupo de hilachas en desorden. Pero en la otra vida veremos la alfombra por el lado derecho y entonces sí que nos convenceremos de que todo lo que Dios permitió que nos sucediera fue una verdadera obra de arte dedicada a santificarnos y hacernos merecedores de grandes premios y mucha gloria en el cielo. Cuanto con más paciencia aceptemos lo que Dios permite que nos suceda, más contento tendremos a Nuestro Señor. (Cap. 14)

¿Por qué permitirá Dios que suframos? El sufrimiento que nos llega no es una venganza de Dios. Él es demasiado grande para dedicarse a vengarse de unos gorgojos tan pequeños como somos nosotros. Por cada falta impone una sanción, pero no como venganza, sino por estricta justicia. Los sufrimientos que nos llegan no significan que Dios no nos está escuchando ni que está disgustado con nosotros. No. Los padecimientos los permite Él para que le vayamos pagando las deudas que le tenemos por tantas faltas que hemos cometido y para que con ellos nos ganemos grandes premios para el cielo.

(...)

Recordar que todo se convierte en bien. Convenzámonos que las contrariedades y dificultades que se nos presentan no son en realidad males, sino ocasión de conseguir bienes para el alma y para la eternidad.

(...)

Tratemos de estar siempre alegres. La tristeza hace un gran daño al corazón y no es de ningún provecho para el alma, y ella proviene casi siempre de que recordamos las pocas cosas desagradables que nos han sucedido y nos olvidamos de las muchísimas cosas agradables y provechosas que Dios ha permitido que nos sucedan. A los enemigos de nuestra santidad les conviene que vivamos tristes porque la tristeza apaga el entusiasmo y quita ánimos para obrar el bien. Pero vivir triste (si no es porque se padece alguna enfermedad que produce tristeza, y entonces hay que tratar de curar con medicamentos esa enfermedad porque puede llevar a otros males muy graves y dañosos) vivir triste es una ingratitud para con Dios, porque por cada hecho desagradable o dañoso que nos suceda, nos llegan diez o más hechos agradables y provechosos. ¿Por qué dedicarme a mirar con disgusto alguna pequeñita mancha negra de nuestra existencia en vez de observar con alegría tantas cosas agradables que nos suceden cada día? (Cap. 24)

La cuarta trampa que nos presentan los enemigos de nuestra santidad es la de obtener que dejemos de combatir contra el pecado y nos quedemos tranquilos en nuestras malas costumbres, vicios y defectuosa conducta.

Un engaño: si alguien sufre de impaciencia y de mal genio a causa de las enfermedades que le llegan, existe el peligro de que se dedique a pensar cuántas mayores obras buenas haría si tuviera perfecta salud, y cuánto mejor podría servir a Dios y al prójimo si estas dolencias se fueran. Y así en vez de luchar contra la impaciencia y el mal genio, lo que está haciendo es apoyar su rebeldía interior y fomentar su disgusto contra lo que sufre. Y se inquieta, se aflige y se impacienta porque su salud no es perfecta. Y en lugar de luchar contra la impaciencia lo que está haciendo es alimentarla y fortalecerla considerando su enfermedad como un impedimento para realizar buenas obras (como si Dios tuviera tanta necesidad de las obras buenas que nosotros vamos a realizar) y se imagina que a causa de la enfermedad su progreso en la virtud se detiene (siendo que lo que sucede es todo lo contrario, si sufre con paciencia y por amor de Dios sus dolencias). Y en lugar de entablar una lucha contra el vicio del mal genio y de la impaciencia, lo que le sucede es que cae insensiblemente en estos dos grandes defectos, y se deja vencer por ellos.

Un remedio. Cuando nos llegan estas imaginaciones de que si nos curamos de las dolencias que sufrimos, vamos a servir mejor a Nuestro Señor, pensemos que probablemente no va a ser así, pues cuando ya la salud sea completa, nuestros sentimientos de piedad y de fervor van a ser probablemente mucho menos fuertes que los que teníamos mientras estábamos sufriendo. Por eso un santo le dijo a una enferma que suplicaba le diera una bendición para curarse de una larga y dolorosa enfermedad: "Si se cura, nunca será santa. Pero si sigue sufriendo podrá alcanzar un alto grado de perfección en la tierra y un maravilloso grado de gloria en el cielo".

Ella aceptó con gusto seguir sufriendo, y en verdad que llegó a tener una admirable santidad. Es que hay gente que en plena salud no se santifica, pero en dolencias y enfermedades sí adquiere un notable grado de fervor. (Cap. 29)

"Todo sucede para bien de los que aman a Dios" (Rm 8, 28). (Cap. 36)

nadie pudo decir nada contra Él porque en su vida jamás hubo ni la más pequeña falta. Y sin embargo siendo Él tan extremadamente puro y santo, permitió Dios que sufriera tanto. Y de ahí deducimos que el sufrimiento lo permite Nuestro Señor no porque nos quiere castigar o porque nos ha olvidado, sino para que crezcamos en santidad y logremos salvar muchas almas. Ésta consideración nos ayudará mucho a sufrir con mayor paciencia.

(...)

Si Cristo sufrió tanto por nosotros es justo que también nosotros suframos las penas que Dios permita que nos sucedan,

y que las ofrezcamos por su reino y por la salvación de las almas, especialmente de las más necesitadas de su misericordia. Muchas almas se pierden, porque no hay quien sufra con paciencia por la salvación de los pecadores. El sufrimiento es una gran arma para ganar almas si se acepta con paciencia, en silencio, y por amor a Dios. (Cap. 44)

Qué debemos hacer

Un síntoma o señal de alarma. Sucede frecuentemente que cuando la persona se dedica a hacer una buena obra no por tener contento a Dios únicamente, sino sobre todo por satisfacer sus gustos e inclinaciones, cuando Dios le impide el progreso de su obra con alguna enfermedad, accidente o falta económica, por la oposición de superiores o vecinos, se enoja, se irrita, se inquieta, empieza a murmurar, a quejarse y hasta dice que Nuestro Señor debería mostrarse, más compasivo y generoso con su obra. Y de aquí se deduce que lo que le movía no era solamente agradar al Creador, sino satisfacer sus propios gustos. Pues si fuera sólo por Dios dejaría tranquilamente que Él cuando mejor le parezca lleve a feliz término su obra si es para su mayor gloria, y si no lo es, que la deje desaparecer, porque entonces no merece seguir existiendo.

Examen. Por eso cada uno debe preguntarse de vez en cuando: ¿Me inquieto demasiado si las obras que emprendo no obtienen éxito prontamente o no me resultan según mis planes? Me disgusto si el Señor, con los hechos que permite que me sucedan, me está diciendo: "Todavía no es tiempo... ¿hay que esperar un poco más?". Tengo que recordar que lo importante no es que mis obras tengan mucho éxito terrenal, sino que Dios quede contento de lo que yo hago. Que no es la acción la que tiene valor, sino la intención con la cual se hace. Algo que aumenta mucho el valor. La intención de hacerlo todo por amor de Dios y para su mayor gloria aumenta tanto el valor de nuestras obras que aunque ellas sean de poquísimo valor en sí mismas, si se hacen puramente por Dios, se vuelven de mayor precio y premio, que otras obras aunque ellas sean de mayor valor en sí mismas, si se hacen por otros fines. Así por ejemplo, una pequeña limosna dada a un pobre (pequeña, pero que nos cueste a nosotros. Porque lo que no cuesta es basura y no tiene premio) si esa pequeña limosna se da por amor a Dios, porque el prójimo representa a Jesucristo, puede ser de mayor precio y obtener un premio más grande, que unos enormes gastos que se hacen en obras brillantes, pero por aparecer y por ganarse la admiración de los demás.

Algo que no es fácil. No nos engañemos ni nos ilusionemos. Esto de hacerlo todo siempre por puro amor a Dios no será fácil al principio, sino que más bien nos parecerá bien difícil. Pero con el tiempo se nos irá haciendo no solamente fácil sino hasta agradable, e iremos adquiriendo la costumbre de hacerlo todo por amor al buen Dios de quien todo lo bueno que tenemos lo hemos recibido.

Como la piedra filosofal. Los antiguos creían en la leyenda de que existía una piedra que todo lo que tocaba lo convertía en oro. La llamaban "la piedra filosofal", y la buscaban por todas partes, y como bien puede suponerse nunca la encontraron porque la tal piedra no existe. Pero en lo espiritual sí la hay, y consiste en esto que hemos venido recomendando: en ofrecer todo lo que hacemos únicamente por amor a Dios y por agradarlo a Él. Acción que ofrecemos por Dios, automáticamente queda convertida en oro para la vida eterna. En algo de altísimo precio para la eternidad. Por eso convienen que desde hoy mismo comencemos a tratar de adquirir la buenísima costumbre de dirigir todas las anteriores a un solo fin: el amor y la gloria de Dios. (Cap. 10)

Quien no domina su lengua tiene el peligro de no ser capaz de dominar tampoco sus demás pasiones. Se cumplirá lo que dice la Imitación de Cristo: "Así de libertina y de poco mortificada como tiene su lengua, así tiene las pasiones y las malas inclinaciones". Al contrario: el ejercicio de voluntad que hacemos para tratar de que nuestra lengua no diga lo que no debe decir, y diga siempre lo que más conviene, irá fortaleciendo de tal manera nuestro carácter, que sin darnos cuenta iremos adquiriendo fuerzas para dominar también las pasiones y las malas inclinaciones. (Cap. 12)

El reino de los cielos exige hacerse violencia contra sí mismo, y los que se domina a sí mismo, lo consiguen. (Mt 11, 12)

Tenemos que hacer actos contrarios a los que las pasiones y malas inclinaciones nos proponen. Así por ejemplo, si la ira quiere invitarnos a la venganza, debemos rezar por el bien de la persona que nos ofendió. Si la tristeza trata de inclinarnos al desánimo, debemos cultivar pensamientos de alegría y de esperanza. Si el orgullo nos incita creernos algo y a desear alabanzas, es necesario recordar que nada somos y que las alabanzas humanas son humo que se lleva el viento. Si es la impureza la que nos mueve, conviene recordar el desgarramiento interior que produce en el alma cada pecado impuro y la pérdida de buena fama y de paz que cada impureza acarrea al alma, etc. (...)

Para volver fuerte el alma contra los vicios, malas costumbres y perversas inclinaciones es necesario hacer muchos actos interiores que sean directamente contrarios a nuestras pasiones desordenadas.

Así por ejemplo. Si deseamos adquirir la buena costumbre de tener paciencia, cuando alguien hace o dice lo que nos impacienta, nos llena de mal genio y de ira, es necesario amar, aceptar ese mal trato y hasta desear que ese trato duro nos lo vuelvan a dar, para así tener ocasión de ejercitar la paciencia. Y esto por una razón: porque no podremos perfeccionarnos y ejercitarnos en una virtud sin hacer actos que sean contrarios al vicio que deseamos corregir. (...)

No bastan unos pocos actos. Ya sabemos que para adquirir una mala costumbre o un vicio se necesitan muchos pecados repetidos, y de la misma manera para conseguir una virtud contraria a ese vicio se necesitan repetidos y frecuentes actos buenos hasta lograr adquirir la buena costumbre que sea capaz de enfrentarse al vicio y alejarlo. (...)

"Quien no se mortifica en lo lícito, tampoco se mortificará en lo ilícito". Se llama lícito lo que es permitido, lo que se puede hacer o decir sin cometer pecado. Hay que distinguir entre lo que es simplemente lícito y lo que es necesario. Lo necesario hay que hacerlo y decirlo siempre. Pero lo que es solamente lícito, no es necesario, si se deja de hacer o decir, producirá grandes bienes espirituales porque la persona se va acostumbrando más fácilmente a dominarse a sí misma, y cuando le lleguen los atractivos de las pasiones y de los malos instintos ya tiene fuerza de voluntad y podrá salir vencedora de muchas tentaciones. Cuántos y cuántas hay, que dejaron de decir una viveza que se les ocurrió, y la callaron por mortificación. Y después cuando en un momento de ira les vino el deseo de decir unas palabras ofensivas, ya no las dijeron, porque se habían ejercitado en callar lo que deseaban decir. (Cap. 13)

"En la lucha por la santidad, lo que cuenta y vale no es solamente el número de victorias o derrotas que obtenemos sino el esfuerzo que hacemos por permanecer siempre fieles a la voluntad de Dios". (Cap. 14)

El principal enemigo que hay que combatir es el amor propio, el orgullo, el deseo de satisfacer las propias inclinaciones indebidas, y de darle gusto a nuestras pasiones. Y esto hasta el punto que ya nos parezcan agradable las humillaciones y los desprecios que la gente nos quiere hacer, y las contrariedades que vayan llegando contra los propios gustos e inclinaciones.

Es necesario no olvidar que en este campo las victorias son difíciles, imperfectas, escasas y de poca duración. (Cap. 15)

Cada mañana es necesario recordar: "¿Cuál es mi defecto dominante?". ¿Cuál es aquel defecto que más faltas me hace cometer y más derrotas espirituales me proporciona? Cada persona tiene un defecto dominante. Casi siempre es uno de los siete pecados capitales: orgullo, avaricia, ira, envidia, impureza, gula o pereza. (Cap. 16)

Cuidado con el énfasis. Se llama énfasis, el darle demasiada fuerza a las expresiones que decimos. Esto y el hablar con voz muy fuerte produce disgusto en quien nos escucha porque demuestra que tenemos exagerada seguridad en lo que afirmamos y que queremos imponer lo que estamos diciendo. Y esto es vanidad. (Cap. 23)

Enfocar todos los esfuerzos hacia un mismo punto. Un sabio antiguo afirmaba: "Mucho espero de quien enfoca todos sus esfuerzos hacia la consecución de una sola virtud o la derrota de un solo vicio. Va a obtener resultados admirables". (Cap. 31)

Hay que contentarse con adquirir poco a poco las virtudes y ejercitarse primero en una virtud y después en otra (cap. 32)

Poco a poco. Los campesinos dicen: "De grano en grano llena la gallina el buche" y algo parecido sucede en la alimentación del alma para obtener la santidad. Es necesario contentarse con ir creciendo poquito a poco en la perfección. Así crecen las plantas, los animales y los seres humanos: casi sin que nadie se dé cuenta, pero si ese crecer es continuo se llega a resultados muy satisfactorios.

Por ejemplo: alguien desea obtener la paciencia. No es que hoy se acueste siendo un cascarrabias y mañana se levanta poseyendo ya la paciencia del santo Job. No. Pretender eso sería querer cosechar manzanas de una mata de cebolla. Hubo un hombre que era tan colérico que llegó hasta matar a un enemigo. Y de ese individuo se cuenta que después de 40 años de intenso trabajo por obtener la paciencia llegó a ser el hombre más manso y humilde de su tiempo. Su nombre fue: Moisés, el libertador de Israel. Pero no fue paciente en una semana ni en un mes. Aquí se sigue cumpliendo lo que decía Jesús: "Con su perseverancia se salvarán". Los que perseveren, esos serán los triunfadores (Mt 24, 13).

Una sola virtud cada vez. Muchos han hecho el ensayo de dedicarse a cultivar todas las virtudes al mismo tiempo, y han terminado sin fuerzas y sin ánimos. Les faltó recordar aquel principio de combate que tenían los famosos guerreros romanos: "Divídanlos y los vencerá". Uno por uno sí se pueden vencer los enemigos de la santidad. Una por una sí se logran conseguir las virtudes. Pero todas en montón nos resultan un peso demasiado grande, para nuestros hombros tan débiles.

Repetir, repetir, que algo queda. Tenemos que proponernos cada mes y cada año cultivar alguna virtud especial, determinada, que estemos necesitando. El Espíritu Santo si se lo suplicamos nos iluminará cuál debe ser la virtud que nos propongamos adquirir con mayor esmero que las otras. Y acerca de esa virtud o cualidad hay que repetir y repetir actos buenos hasta que se nos vuelvan una costumbre. Porque eso es una virtud: la costumbre de hacer ciertos actos buenos. Así como al cerebro de tanto repetirle algunas enseñanzas se les hace una zanjita y allí queda grabado para siempre eso que por la repetición se aprendió, así en la voluntad de tanto repetir acto buenos se forma un gusto y facilidad para repetir esos mismos actos. Y volvamos a decirlo: en eso consiste el poseer una virtud: en adquirir la costumbre de hacer ciertos actos buenos.

Para lograr conseguir una virtud es necesario amarla y estimarla mucho (cap. 33)

Examen de conciencia

Otra condición sin la cual nada. Dicen los historiadores que el gran matemático Pitágoras, que vivió 500 años antes de Cristo, y cuya sabiduría era tan estimada en oriente que numerosos alumnos de distintos países iban a que los aceptara como discípulos, no admitía jamás a un alumno si éste no se comprometía a hacer cada día un examen de conciencia en el cual se debía hacer tres preguntas: "¿Qué hice? ¿Cómo lo hice? ¿Por qué lo hice?", y narran las antiguas historias que con este método logró mejorar el comportamiento de bastantes personas.

La exigencia de san Ignacio. Este gran santo que llevó tantas almas a la santidad exigía a sus discípulos que sin ninguna excepción hicieran todos los días un doble examen de conciencia. Uno acerca de su comportamiento en general, y otro acerca del defecto que se había propuesto corregir en ese mes o en ese año. Insistía en que cada mes se hiciera un día de Retiro mensual para pensar en Dios, en el alma, y en la eternidad. Acerca del día de Retiro mensual a quiénes tenían muy graves ocupaciones o debían hacer largos viajes les dispensaba de cualquier otra práctica de piedad, menos de hacer el examen de conciencia acerca de cómo había sido su comportamiento en ese mes, pues afirmaba que sin el examen de conciencia resulta imposible progresar en santidad y en perfección.

Lo primero que hay que hacer. San Ignacio recomienda que al empezar el examen de conciencia pensemos por un momento en la presencia de Dios, en que Nuestro Señor nos está viendo, oyendo y nos acompaña a toda hora como el aire que nos rodea. Y que luego le demos gracias por algún favor en especial, y le pidamos nos conceda sus luces e iluminaciones para conocer cuáles son las faltas nuestras que más le están disgustando y qué será lo que debemos hacer para evitarlas. (Cap. 56)

Momento de la muerte

recordemos que el morir será algo que no haremos sino una sola vez y que si lo hacemos mal, ya no lograremos recuperar este error nunca jamás. (Cap. 58)

Vayamos mentalmente hacia nuestra muerte antes de que ella nos llegue. Lo bueno que a la hora de la muerte quisiéramos haber hecho, vayámoslo haciendo desde ahora. Hagamos un inventario diciendo: "A la hora de la muerte ¿qué será lo que desearé tener y a qué desearé haber renunciado? Lo que no resista al juicio de la hora final tengo que irlo dejando desde ahora". Para tener un final feliz hay que prepararlo bien. (Cap. 59)

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