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Como sufrir con alegría

Como sufre una madre las molestias de pasar toda la noche cuidando a su hijo con fiebre.

Como sufre el marido que tiene que ir a trabajar a las 4 de la madrugada.

Sufren, pero sufren con gusto y alegría interior, porque saben que cada uno de los dolores que padecen por cumplir con su deber, que es hacer la voluntad de Dios, es una piedra preciosa que se añade a su corona de gloria en el cielo.

Sufrió Jesucristo, con la alegría interior de hacer la voluntad del Padre.

Todo creyente vive para hacer la voluntad de Dios según su estado: los casados cumpliendo sus obligaciones de casados, los religiosos cumpliendo las suyas.

Cada dificultad que superamos para seguir viviendo y, por tanto, seguir cumpliendo con Su voluntad, es una demostración de lo firme que es nuestro deseo de cumplirla, de lo grande que es nuestro amor a Dios.

Imaginemos que cada día vamos a cuidar de nuestra abuelita al pueblo de al lado. Todas las lluvias, barro, tormentas, frío, calor, que pasemos por ir cada día a verla, son demostraciones de lo mucho que la queremos. (En el caso de Dios, él nos lo recompensará en el cielo).

Y viceversa, si vamos quejándonos de cualquier dificultad, si vamos sin alegría, maldiciendo nuestra suerte de tener que ir a hacer un trabajo, pues evidentemente son muestras de lo contrario, de que no lo queremos. (Quejarse voluntariamente es pecado).

Todo esto no está en nuestras fuerzas hacerlo, sólo si Dios nos da la gracia (y Él no la niega a quien se la pide con humildad, sobre todo por intercesión de la Virgen):

Como dice el Kempis:

2.12.9 No es según la condición humana llevar la cruz, amar la cruz, castigar el cuerpo, ponerle en servidumbre; huir las honras, sufrir de grado las injurias, despreciarse a sí mismo, y desear ser despreciado; sufrir toda cosa adversa y dañosa, y no desear cosa de prosperidad en este mundo. Si miras a ti, no podrás por ti cosa alguna de éstas: mas si confías en Dios, Él te enviará fortaleza del cielo, y hará que te estén sujetos el mundo y la carne.

Es el cuarto don del Espíritu Santo, el don de fortaleza.

Si somos creyentes (nuestra vida está dedicada a Dios, sea cual sea nuestro estado), todas las penas que suframos (hasta las más pequeñas) y las dificultades que (con la gracia de Dios) superemos para continuar viviendo y sirviéndoLe, nos sirven para pagar por nuestros pecados y ganar más mérito para la vida eterna. ¡Gran alegría en cada una!
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