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Quejarse (o entristecerse) muchas veces es pecado

Nada de eslóganes New Age: “hay que ser asertivo”, “hay que ser posisivo”, “hay gente tóxica”,... simplemente es que quejarse, la mayoría de las veces, es pecado. Idem. entristecerse.

Quejarse es hablar de algo rechazándolo (hablar de algo -con el pensamiento-, y al mismo tiempo rechazarlo con gran deseo -con el corazón-. No es quejarse decir “Dr., me duele aquí”, si lo hacemos sin “perder el oremus”, sin gran preocupación; o decimos “querido vecino, parece que Ud. se ha dejado un grifo abierto porque tengo humedad en el techo”.

No sólo es pecado hacer como cierta gente que está siempre quejándose de si hace demasiado frío o calor, de si suben los impuestos o bajan los servicios, de si el jefe o compañero de trabajo, de si la suegra o la nuera,...

También nuestras quejas esporádicas, hasta la más pequeñas (cuando perdemos el autobús, o rompemos algo, nos manchamos el vestido,...), más allá de las primeras décimas de segundo de sorpresa (involuntaria).

Además de ser pecado, si nos quejamos de las cruces que Dios nos envía y no las aceptamos sin repugnancia, perdemos su valor satisfactorio por las penas que tengamos y perdemos su valor meritorio para el cielo: todo un desperdicio.

Extractos

De la “Carta a los amigos de la cruz” de S. Luis María Grignion de Montfort

Todos los creyentes debemos imitar a Cristo. Para imitar cómo llevó Él la cruz (como el cuadro de El Greco en este otro artículo):

12ª No se quejen jamás de la creaturas

No se quejen jamás voluntariamente y rezongando de las creaturas que Dios utiliza para afligirlos.

Para ello, distingan tres tipos de quejas en los sufrimientos:

  1. La primera involuntaria y natural: es la del cuerpo que gime, suspira, se queja, llora y se lamenta. Si el alma –como dije antes– acepta la voluntad de Dios en su parte superior, no hay ningún pecado.

  2. La segunda es razonable: si nos quejamos y manifestamos nuestro dolor a quien puede remediarlo, por ejemplo, al superior, al médico... Esta queja puede ser imperfección, si se expresa con demasiada preocupación; pero no es pecado.

  3. La tercera es pecaminosa: se da cuando nos quejamos del prójimo para librarnos del mal que nos mortifica, o para vengarnos, o cuando nos lamentarnos del dolor que padecemos consintiendo en esta queja y añadiendo impaciencia y refunfuñando.

(Jesucristo no se quejó en ningún momento de su detención, flagelación, coronación de espinas, subida al calvario, muerte en la cruz)

13ª Reciban siempre la cruz con gratitud

No reciban nunca la cruz sin besarla humildemente y con gratitud, y cuando Dios por su bondad les regale alguna cruz de mayor importancia, denle gracias de alguna forma especial y hagan que otros les acompañen en su acción de gracias, siguiendo el ejemplo de aquella pobre mujer que luego de perder todos sus bienes en un pleito injusto, mandó en seguida celebrar una misa con el dinero que le quedaba, para agradecerle a Dios la buena suerte que había tenido.

De los sermones del santo cura de Ars

“¿Cómo nos atrevemos a quejarnos cuando tenemos a un Dios que muere por sus propios verdugos?” Sermón sobre las tentaciones.

Citando la vida del santo Job (Job,I), cuando sufrió todos los males hasta la pérdida de sus hijos “quedó el solo con el demonio, quien abrigaba aún la esperanza de que tanto males le llevarían a la desesperación, o al menos a quejarse con alguna impaciencia; pues, por sólida que sea la virtud, no nos hace insensibles a los males que experimentamos (...) ¿Podemos creernos virtuosos cuando, a la primera prueba que el Señor nos envía, nos quejamos, y con frecuencia llegamos a abandonar su santo servicio? (...) ¡cuán escasos son los cristianos que en tales trances no cayesen en la tristeza, en la murmuración y aun quizá en la desesperación! (...) ¡cuańta virtud fingida, puramente exterior, y desmentida a la menor prueba! (...) ¿no somos sino unos hipócritas, dispuestos a servir a Dios solamente cuando todo marcha a nuestro gusto?” Sermón sobre la virtud verdadera y la falsa

“En todas estas cosas no pecó Job con sus labios(*), ni habló contra Dios alguna cosa necia.” (*) El principal intento del demonio era que Job prorumpiese en alguna palabra contra Dios, quejándose de su providencia, y acusando su justicia; y que se mirase a sí mismo como inocente y a Dios como injusto” (Job I, 22 con comentario de la Vulgata de Scio).

Job dijo: “El Señor, autor de todos mis bienes, es también su dueño, todo ha acontecido porque esta era su santa voluntad; sea bendito su santo nombre en todo momento” (Job, I)

“(quejándoos) ¿son más llevaderas vuestras penas? No. Hermanos Míos, no. Así, pues, H. M., vuestra impaciencia, vuestra falta de sumisión a la voluntad divina y vuestra desesperación sólo han servido para haceros más desgraciados, no habéis hecho otra cosa que añadir nuevos pecados a los antiguos. ¡Ay! H. M., tal es la suerte desdichada y desesperante de quien perdió de vista el fin por el cual Dios le envía sus cruces. (...) nadie hay tan desgraciado en esto de soportar las cruces como un hombre sin religión. Unas veces se acusa a sí mismo diciendo : Si hubiese tomado estas medidas, tal desgracia no me hubiera ocurrido. Otras veces acusa a los demás: Aquella persona es la causa de mis males; no he de perdonárselo nunca. Se desea 1a muerte a sí mismo y la desea a ella. Maldice el día en que nació; cometer-á mil bajezas, que creerá lícitas para salir de aquel mal paso; ¡as es en vano: su cruz, o mejor, su infierno le seguirá a todas partes. Sermón sobre las aflicciones. (Ver artículo sobre el sufrimiento).

Leemos en la historia que un predicador, debiendo predicar en un hospital, escogió por asunto los sufrimientos. Expuso cómo los sufrimientos sirven para atesorar grandes méritos para el cielo, e hizo resaltar lo agradable que es a Dios una persona que sabe sufrir con paciencia. En dicho hospital había un pobre enfermo que, desde hacía muchos años, estaba padeciendo mucho, pero, por desgracia, quejándose continuamente; por lo oído en aquel sermón, comprendió el gran tesoro de bienes celestiales que había perdido, y, terminado el sermón, se puso a llorar y a dar extraordinarios gemidos. Lo vió un sacerdote, y le preguntó por qué mostraba tanta tristeza, advirtiéndole que, si era porque alguien le había causado aquella pena, él era el administrador y podía hacerle justicia. Aquel infeliz contestó : “¡ Oh ! no, señor, nadie me ha hecho mal alguno, yo mismo soy quien me he dañado. —- ¿Cómo P, le preguntó el sacerdote. — ¡ Ah !, señor, después de sufrir durante tantos años, ¡ cuántos bienes he perdido, con los cuales hubiera merecido el cielo, si hubiese sabido llevar la enfermedad con paciencia! ¡Ay! ¡cuán desgraciado soy! yo que me considerada tan digno de lástima ; si hubiese comprendido la realidad de mi estado, seria la persona más feliz del mundo”. Ay, H. M., cuántas personas hablarán de la misma manera a la hora de la muerte, siendo así que sus penas, sufridas con ánimo de agradar a Dios, les hubieran ganado el cielo; ahora, en cambio, usando mal de ellas, sólo sirven para su perdición. A una mujer que desde mucho tiempo se hallaba sepultada en una cama sufriendo horribles dolores, y que a pesar (le ello parecía estar enteramente satisfecha, habiéndosele preguntado qué era lo que la animaba a mantenerse tranquila en un estado tan digno de compasión, contestó: «Al pensar que Dios es testigo de mis sufrimientos y que por ellos me premiará por una eternidad, experimento una alegría tal, sufro con tanto placer, que no cambiaría mi situación por todos los imperios del mundo». Ya veis, pues, H. M., cómo los que tienen la dicha de adornar su corazón con esta hermosa virtud, logran pronto cambiar sus dolores en delicias. Sermón sobre la esperanza.







Si somos creyentes (nuestra vida está dedicada a Dios, sea cual sea nuestro estado), todas las penas que suframos (hasta las más pequeñas) y las dificultades que (con la gracia de Dios) superemos para continuar viviendo y sirviéndoLe, nos sirven para pagar por nuestros pecados y ganar más mérito para la vida eterna. ¡Gran alegría en cada una!
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